!!!Lee el prólogo de nuestro Libro I. Te divertirás.!!!
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!!!Lee el prólogo de nuestro Libro I. Te divertirás.!!!

Nov 02 David Iglesias  

Prólogo

Agosto de 2015. Fiordo de Trondheim, Noruega
¿Por dónde empezar? Necesitaría miles de páginas, para que llegaseis a entender realmente este mundo. Aunque la mayoría, dudo que me creyerais. De momento, intentaré explicaros solo lo esencial. Entendiendo por supuesto, que seréis discretos con esta información, pues… vuestra vida puede depender de ello. Y seguramente lo que os voy a contar, le dé una explicación, a muchas cosas que no entendíais hasta ahora. Pero por favor, repito; sed cautos.
Me llamo Artai, vivo en una ciudad de tamaño medio. Unos cuantos cientos de miles de almas, que procuro que puedan vivir, únicamente, con las naturales… vicisitudes, que nos ofrece la vida. ¿Y por qué digo esto?
Trabajo para la Sociedad de Conservación Histórica. Una organización, que públicamente, se dedica a la conservación de patrimonio, excavaciones arqueológicas, restauraciones, expediciones, museos y todo aquello, relacionado con el arte y la historia. Pero nuestra ocupación real, desde su fundación, hace más de 1500 años, es…, la lucha contra el mal en todas sus formas.
Sí, habéis leído correctamente: la lucha contra el mal, la oscuridad, los ejércitos de las tinieblas, o como queráis llamarlo. Pero como no es mi intención, en este momento al menos, impartir una clase de filosofía o historia, os pondré directamente todas las cartas sobre la mesa. De momento, solo hay dos cosas que debéis saber. La primera: que todas las criaturas mitológicas y del folclore, de las que alguna vez habéis oído hablar, no solo existen, si no que muchas de ellas, actúan y circulan entre vosotros, ocultas tras su magia y habilidades especiales.
Para que os hagáis una idea con cifras. En esta enorme roca azul, hay unos 7500 millones de almas. De ellas, aproximadamente un 20%, no son humanos ¿Y qué son?, ¿extraterrestres?… Que más quisierais.
Y no penséis con esto, que la balanza está a nuestro favor, puesto que, las miles o millones de criaturas y demonios que se esconden detrás de puertas que pocos pueden ver, y muchos menos abrir, evidentemente, no están censados. Además, del 80% de almas restantes, más o menos la mitad, ya están condenadas por diferentes motivos, para que, llegado el momento, el ascensor, vaya… hacia abajo, no sé si me explico.
Yo me dedico a «neutralizar» a estas criaturas. Por supuesto, hay muchos otros que lo hacen, aunque no tan bien como yo, he de decir. Por supuesto, los malos, también tienen «empleados» que se dedican a lo mismo.
La segunda cuestión más importante y que debéis tener muy en cuenta para entender cómo funcionan realmente las cosas: es que, desde el principio, tanto ellos como nosotros, nos hemos dividido en diferentes cultos, sociedades secretas, organizaciones, facciones y clanes, y al mismo tiempo que el mundo daba vueltas sobre sí mismo, y acontecía todo lo que deberías haber leído en los libros de historia, de forma paralela, las fuerzas de la luz y la oscuridad hacían lo mismo, disputándose, y dividiéndose los diferentes territorios de la tierra de la misma forma. Bueno…, no de la misma forma, pero creo que me estáis entendiendo.
Resumiendo, este mundo oculto, está perfectamente dividido en territorios dominados cada uno por diferentes facciones. Cada cual, con sus propios ejércitos, sus propios poderes, sus virtudes y sus defectos. Y aunque en principio, lo único que nos divide es nuestra afinidad al bien o al mal, pronto veréis que no es tan sencillo. Ni todas las facciones del bien, ni todas las del mal tienen las mismas intenciones, ni las mismas prioridades, por eso yo…. Bueno, creo que ya ha sido bastante información para digerir. Y creo que lo mejor, es que el resto, lo vayáis descubriendo sobre la marcha, y seáis vosotros, los que valoréis y juzguéis libremente. Ahora dejemos la teoría y pasemos a un caso práctico en la vida de un… Lo siento, no había previsto tener que definir esto, como una profesión. Llamadme solo Artai.
Este barco tan peculiar, que se desliza por las frías aguas nórdicas, es el Némesis. Un enorme y viejo casco con tres mástiles. Un largo bauprés engalanado con una talla en madera de una hermosa mujer, la diosa. Unos cuarenta y cinco metros de eslora y tres líneas de baterías con un total de unos setenta cañones de diferente calibre. Un navío, que no pasaría desapercibido en ninguna parte. Totalmente fuera de su tiempo.
Navega precedido por un denso y mágico banco de niebla, que lo oculta de ojos indeseables, y cualquier sistema de rastreo moderno. En su cubierta, en mitad de la noche, y prácticamente a oscuras, sus ocupantes; de diferentes razas, épocas, y planos, susurran al tiempo que parecen esconderse tras los gruesos tablones de la nave. Sus ropas, lo mismo que el interior del barco, no parecen corresponder del todo al siglo en que nos encontramos. Observareis una interesante mescolanza de madera, acero y una tecnología casi indescifrable. Cuero, sables, toscos garfios y cadenas. Gafas de visión nocturna para diversos espectros en la cabeza, y pistolas de pólvora negra en su cintura. Entended de ante mano, que todo es fruto de la misma poderosa magia que le ha permitido a este imponente galeón español, surcar los siete mares y llegar a estas aguas sin problema.
Uno de los tripulantes, subido y parapetado en la parte más alta del palo mayor, mueve, trazando arcos, su brazo derecho. Después hace varios gestos con la mano.
— ¿Qué pasa? — pregunto.
— Estamos muy cerca.
Ese caballero de aspecto peculiar que ha respondido a mi pregunta, es el Capitán, Caleb Amin Asid Gómez de la Vega. Mitad español, mitad egipcio. Lo conozco desde hace siglos. Nuestra relación empezó de forma dramática, en una oscura mazmorra en la isla de Chipre. Desde entonces, hemos vivido, hemos luchado, hemos llorado, hemos reído y hemos sangrado juntos incontables veces. Creedme cuando os digo, que es de las pocas personas que quiero y respeto en este tenebroso mundo. Lamentablemente es desde hace mucho tiempo, y por causas totalmente injustas, es un proscrito, para la mayoría de las facciones de la Luz.
— ¿Estás seguro de lo que dices? Nadie nos ha informado de ninguna anomalía en esta zona.
Hace casi un mes… — empezó a contar, con gesto serio y claramente apenado —, habíamos echado el cabo más al norte. Después de cinco semanas entre el fuego cruzado, magia y colmillos, conseguimos vencer a unos, detener a otros y desaparecer. Mis hombres, necesitaban descanso, buena comida, y quizás, un poco de calor. Todo parecía normal cuando llegamos, aunque Irwine, uno de nuestros mejores marinos, con ciertas habilidades psíquicas, dada su condición de sensitivo, nos advirtió de que algo iba mal. Pero antes de que pudiésemos reaccionar, estábamos rodeados de esas bestias. Nos cogieron desprevenidos, desarmados y en tierra. Los demás, nos salvamos de milagro. Logramos regresar al barco. Allí aguantamos el ataque sin problema, pero cuatro de mis hombres, perdieron la vida…
— Lo siento compañero. Esa parte, no me la habías contado.
— Pero eso no fue lo peor. Para gente como nosotros, la muerte es un compañero de viaje, al que te acostumbras a ver de cerca. Mendoza, y Johansson, eran totalmente humanos. Vimos cómo se los llevaban aún con vida — me contaba mientras apretaba los puños…
— ¡Malditas ratas! — exclama rabioso el contramaestre.
— No podíamos dejarlos atrás, ni tampoco a las pobres gentes de aquel pueblo. Acercamos el barco a la costa todo lo que pudimos. Nos preparamos, y salimos a su rescate, tierra adentro. No te voy a hacer perder el tiempo con los detalles. Solo te diré, que llegamos tarde. Tarde para todos. Nos encontramos con los Necros de frente. Había por lo menos cinco mil. Varias tribus reunidas, descendiendo rumbo al sur. Reclutando a todo el que podían a su paso. Reuniendo un ejército de alimañas aún mayor. Ni siquiera pudimos intentar rescatarlos. Tuvimos que ver como esos malditos brujos mortuorios, les quitaban la vida a los nuestros, para luego devolvérsela de la forma más ominosa.
No sé ni qué decir en ese momento. Hay un silencio que dura más de un minuto.
— No hay consuelo para esto, pero los detendremos y se lo haremos pagar.
El barco, se detiene a media distancia de la costa. En tierra, una pequeña población llamada Skatval. Unos mil habitantes repartidos con holgura, en un área de verdes praderas y bosques de frondosas coníferas. El clima es cálido, para ser noruega claro; unos 4 grados. Lamentablemente el día es mucho más largo durante el verano en estas latitudes, y pese a ser solo las 04:00 de la madrugada, ya ha amanecido.
— Acercarnos más sería peligroso.
— ¿Peligroso para quién, Caleb?
— Echa un vistazo
El capitán me ofrece un singular catalejo de latón, de aspecto muy antiguo, pero reluciente. Con su parte más gruesa forrada en cuero, atado con una correa también de cuero, y su parte intermedia, cubierta con un exquisito grabado de temática marítima. Lo coloco apropiadamente después de desplegarlo por completo, y comienzo a observar.
— ¿Qué tengo que buscar?
— Tú solo observa y dime lo que ves.
No tardo en observar algo muy extraño. Cientos de personas, se agolpan en grupos, a lo largo de la costa. Están…, simplemente de pie. Inmóviles. Con los brazos ligeramente abiertos. Mirando al mar. Aunque sus pupilas tienen un chocante tono verdoso. Sus ojos, sus fosas nasales, sus oídos…, incluso sus poros, supuran un repugnante líquido verdoso.
Detrás de ellos: Los campos, las casas, incluso algunos árboles, están cubiertos de viscosas y negruzcas algas.
— ¡¿Draugens?!— exclamo. — ¿Cómo es posible? Hace siglos que nadie ve uno.
— Amigo, los tiempos están cambiando. El alzamiento del último príncipe ha convulsionado al mundo. Los dioses susurran enfadados, los muertos se levantan de sus sepulturas…
— Te sigo, Caleb, te sigo. No te pongas apocalíptico. Tenemos un problema muy grave. Algo huele a podrido en Dinamarca.
— Estamos en Noruega, tio.
— ¿Tenemos que hacer algo…? — pregunto, tras una rápida y justiciera mirada a mi colega.
— Son demasiados, no podemos hacer nada por esa pobre gente. Antes de que amanezca totalmente, se habrán convertido por completo en draugens, y volverán al mar.
Entonces, observo algo interesante. Le paso el catalejo a Caleb señalando a un punto concreto.
— Mira. Encima de aquellas rocas.
El capitán mira al punto indicado, respondiendo al instante, con un gesto de sorpresa. Encima de la roca; la criatura. Difícil de describir. Antropomorfo en cierta medida. Su cuerpo, parece estar formado por un denso conglomerado de putrefactas algas y restos de animales marinos en descomposición. Sin boca, ni fosas nasales a la vista, pero con dos enormes ojos redondos de color marrón oscuro. De entre la masa que forma su cuerpo, emergen varios tentáculos que lo mantienen sujeto a la resbaladiza roca mediante potentes ventosas.
Mantiene las extremidades, que parecen ser sus brazos, enterradas en la arena. Todo su cuerpo supura esa asquerosa gelatina verde, al tiempo que el movimiento de sus brazos hace pensar, que, de alguna manera, está bombeando su veneno. Sin duda, esa criatura es la responsable de lo que estamos viendo. Pero no está actuando sóla. Los draugens no son tan poderosos. A su lado, dos oscuros brujos draugr recitan sin cesar salmos, en una lengua que solo los muertos pueden entender.
— Es peor de lo que creíamos — afirma el capitán—. Hacía siglos, que los necros no estaban tan al sur. Esto no es nada bueno.
— No, pero al menos, ya sabemos cómo detenerlos.
— Los necros nunca viajan solos, mucho menos sus ancianos. Debe de haber cientos de ellos, escondidos tras esos árboles — indica Caleb
— Con la suerte que tenemos normalmente…, creo que más bien, serán un par de miles — replico — ¿Como lo hacemos? ¿Por las buenas, o por las malas?
Después, giro la cabeza hacia el capitán y el resto de los hombres, con una enorme sonrisa. Todos ellos, valientes soldados, curtidos, heridos y sangrados en cientos de batallas, no pueden hacer otra cosa, si no acompañar con carcajadas a sus comandantes.
De hecho, el ruido que provocamos en mitad de la noche es tal, que, desde la costa, varios guerreros draugr, giran bruscamente la cabeza mirando al mar. Uno de ellos, hace varios gestos mientras exclama ordenes en su oscura lengua. Al menos 200 de ellos, se despliegan por la playa. Varios cientos, permanecen aún en retaguardia. Los draugr son lo que nosotros llamamos no-vivos; carroñeros, lo que hace que porten diferentes armas y ropajes, robados de los cadáveres de sus enemigos muertos. Al menos, de los que no convierten o devoran. Por suerte, la mágica niebla del Némesis nos protege, y desde la playa, las bestias, solo pueden escuchar las carcajadas de la tripulación. Cosa que hace que se miren unos a otros extrañados.
— ¿Se te ocurre algo? — me pregunta Caleb.
— Sí, creo que tengo un plan para llegar a la costa sin ser vistos.
— Está bien, como siempre, sin saber muy bien por qué, te voy a hacer caso.
Todo vuelve a la calma sepulcral de la noche por varios minutos, en los que solo se escucha el sonido que produce el agua golpeando la arena y las rocas. Los draugr no bajan las defensas, y sus brujos continúan el ritual.
De pronto…, un susurro, un silbido surca el viento acercándose a la playa. Uno de los comandantes draugr levanta un brazo mirando de nuevo sospechosamente al extraño banco de niebla. Pero antes de que pueda pronunciar una sola sílaba, una pesada bola de cañón le arranca la cabeza de cuajo e impacta contra un árbol a su espalda, haciendo que caiga de rodillas, y después, contra el suelo, como un saco de arena.
El gesto de sorpresa es general, pero sin tiempo a nada, las treinta y seis baterías de estribor abren fuego una tras otra, con un sonido atronador que rebota entre las montañas del fiordo, e ilumina la noche de tal forma, que posiblemente, muchos de aquellos draugrs, y de los habitantes de aquella región, pensarían que el mismísimo dios del trueno había descendido de los cielos.
El efecto de la primera andanada es devastador. La segunda, causa menos daños. No obstante, la playa queda repleta de cuerpos desmembrados de los no vivos. El ritual se detiene y poco a poco, la ponzoña verde desaparece de la tierra. En mitad del caos producido por el ataque; Caleb, treinta de sus marinos, y yo, hemos tenido tiempo suficiente para acercarnos a nado hasta la orilla. Cuando nuestras manos ya tocan la arena, salimos del agua empuñando las armas y rugiendo como los auténticos lobos de mar que somos. El capitán, por supuesto, es el primero que clava su espada en el pecho de uno de los nigromantes mientras grita: ¡Vamos, perros! ¡Aseguraos de que esas bestias no vuelvan a levantarse! ¡Purgad su veneno!
El combate es rápido pero encarnizado. Espadas, pistolas, lanzas y armas arrojadizas, vuelan y chocan a lo largo de la playa. Caleb, es un hombre alto y de complexión media, con lacio pelo negro, largas patillas y ojos claros. Su piel, al igual que la de sus hombres, está tostada y curtida a causa del viento, el sol, y el salitre del mar. Camisa holgada con tirantes, chaleco abierto, varios cinturones, muñequeras y botas de cuero. Pendientes, varios anillos y unos cuantos tatuajes completan su desgarbado y a la vez, elegante aspecto. Armado con un cuchillo de mano a un lado de su cintura, un sable en el otro y dos pistolas cruzadas en el pecho. Su agilidad y rapidez son sobrehumanas. Sus movimientos son los propios de un maestro de la esgrima.
Un gancho se acerca a él, trazando un arco horizontal a la altura de su cabeza. El capitán lo esquiva rápidamente, doblando su espalda hacia atrás, y siendo mucho más rápido, lanza un golpe en vertical, seguido de otro en horizontal, seccionando un brazo y el cuello de su oponente. Inmediatamente, se gira lanzando una estocada directa al pecho de otra de las criaturas, pero esta vez, se encuentra con un sólido escudo que bloquea su ataque. El draugr, aprovecha su ventaja; con un hábil movimiento, despoja al capitán de su arma y carga contra él, con el escudo por delante. La embestida es tan poderosa, que Caleb casi parte por la mitad el abeto con el que tropieza su espalda. El no muerto acerca su cara a la de nuestro amigo, y ruge mostrando su afilada dentadura y su putrefacta boca negra, al tiempo que desenfunda lentamente de su espalda una oxidada hacha de filo dentado. Tal es la fuerza de la bestia, que la madera comienza a crujir como si fuese a partirse por la mitad. Pero Caleb tampoco es una persona «común». Le empuja con todas sus fuerzas, consiguiendo que el draugr retroceda varios pasos de manera forzada. Desenfunda las dos armas que cruzan su pecho, y dispara. Esta vez, el escudo no es suficiente.
— ¡Te veo un poco «flojo», amigo! — le grito a Caleb desde mi posición.
— Sin duda, me faltan un par de cafés o un buen trago de whisky … — contesta mientras se lleva a otros dos por delante.
Por mi parte, no estaría bien que me describiese a mismo. Posiblemente, no sería objetivo, pero sí puedo deciros que estos animales no son rival para mí. Me deshago de los cuatro primeros casi sin pestañear, pero con el quinto, no tengo tanta suerte. Me ensarta su lanza en un costado del abdomen. Una herida fea, pero ni mucho menos grave. El cabrón sonríe, y lanza otra estocada esta vez, a la altura de mi cuello. La finto sin problemas y le parto los dientes con mi martillo.
— Ríete ahora, ¡bastardo! — le espeto.
Suelta su arma, para echarse las manos a la boca. No le hago sufrir más de lo necesario. Le atravieso el corazón, si es que tiene, con mi espada.
Los hombres de Caleb, responden como se espera de ellos. Auténticos corsarios del siglo XXI. Guerreros implacables, fieles y astutos. Soldados sin bandera. Todos ellos, con una historia, que los ha llevado a formar parte de la tripulación del Némesis.
La contienda acaba con más fortuna de lo habitual. No tenemos que lamentar ninguna baja, solo cortes, magulladuras y huesos rotos. El pueblo y sus gentes están a salvo. Cuando despierten, solo habrá sido una pesadilla, que me encargaré que la Sociedad, o el gremio del norte, justifique de alguna forma.
Informo a ambos de lo que ha pasado.
— Buenos días Artai… ¿tenemos que preocuparnos? — me espeta Francois, uno de los miembros de consejo de la Sociedad de Conservación histórica. Un tipo altivo, pomposo y clasista. Un pseudointelectual de la aristocracia francesa, que solo está donde está, gracias a su apellido.
En la otra esquina de esta conversación a tres bandas, Igvar, jefe del Gremio de herreros, del norte. Un tipo que mide poco más de 1,40, como casi todos sus congéneres. Corpulento, con una larga barba roja, pelo ensortijado y cejas tan pobladas, que parecen ser dos llamas ardientes. Pero no os dejéis influenciar por su tamaño. Pocos son los que sobreviven a un enfrentamiento con estos malhumorados enanos. Su coraje, su bravura, y su destreza son inversamente proporcionales a su estatura. No obstante, son tipos, con los que es fácil tratar si sabes cómo, y de los que te gustará tener a tu lado cuando tengas un problema.
— Veo que seguís teniendo el mismo concepto de mí, aunque me esfuerce, sin obligación de hacerlo, por demostrar lo contrario. Por cierto: Me alegro de verte, amigo herrero.
Igvar sonríe irónicamente. Tampoco a él le cae muy bien este francés estirado.
— Artai, tus llamadas, y tus acciones — comenta de forma pretenciosa —, vienen casi siempre seguidas de graves problemas, faltas de protocolo, y violaciones de todos las leyes y tratados, habidas y por haber entre facciones de la Luz.
El líder del gremio, vuelve a sonreír. Detrás de mí, Caleb y sus hombres, algunos sentados sobre los cadáveres apilados de los draugr, también se contienen para no hacerlo.
— Está bien. No he llamado para discutir sobre diplomacia entre…, funcionarios. Creo que deberías enviarnos a alguien.
— ¿Qué ha pasado, Amigo? — pregunta Igvar.
— Pues, me encontraba… ¿pescando? con unos amigos… — digo. A lo que ambos, responden entrecerrando los ojos, levantando una ceja y torciendo la boca —, cuando nos encontramos por casualidad, un pueblo atestado de…
— ¿Deeeee? — pregunta Francois acercándose al monitor.
— Necros
— ¡Dios! — exclama.
— ¿Dónde estás exactamente? — pregunta Igvar.
— En Skatval, un pequeño pueblo en el fiordo de Trondheim. En Noruega.
— ¡Eso es imposible! — replican a ambos, casi a un tiempo —. Los necros nunca descienden tanto. No les gusta el calor.
— Pues estos, lo han hecho. Es más; llegamos a tiempo de evitar una desgracia mucho mayor.
— ¿Cuál?
— Además de estar reclutando almas, de la manera habitual, de alguna forma que desconozco, y mediante artes oscuras, están transformando a los habitantes de esta región en…
— ¿En qué?
— No lo sé, pero estaban usando a un draugen como catalizador de su magia.
— ¿Cómo? — exclama uno, asustado.
— ¿Un draugen? — prorrumpe el otro.
— ¡Sí! — contesto.
— ¡No puede ser!
— ¿Estás seguro?
— No del todo, un momento… — vuelvo a contestarles.
Me acerco a la bestia que, ahora está debidamente apresada entre metros y metros de una gruesa y bendita cadena de hierro forjado, y me coloco a su lado, enfocándonos a ambos con el comunicador, como si fuera a hacernos un selfie. El olor, y el balbuceante sonido que emite la criatura, son nauseabundos. Aun así, sonrío mirando a la cámara. Y contesto:
— ¿Qué opináis vosotros? ¿Es, o no es?
Tardan en contestar, lo mismo que tardan en que sus mandíbulas vuelvan al sitio, y cuando lo hacen, vuelve a ser en forma de exclamaciones.
— ¡Mon dieu! — exclama nuestro amigo francés.
— ¡Maldita sea su estampa! — exclama el enano.
— ¿Y la gente? ¿Alguien ha visto algo?
— Salvados por los pelos. Aunque no puedo asegurar que sin ningún efecto secundario. Necesitarán una revisión médica, junto con alguna excusa.
— No hay problema.
— ¿Y los necros? — pregunta Igvar.
— Un clan pequeño. Unos 400 draugrs en total. Pero ya son historia.
— ¡Increíble! El mundo está cambiando, amigo. Se avecinan tiempos oscuros — asevera el enano.
— Sí, ya me han dicho eso mismo hoy.
— Y…, por curiosidad. Aunque sabemos que eres un «hombre», poderoso… — dice François, en su tono más recalcitrante.
— Igvar, ¿Has notado un… retintín en esa palabra?, ¿o soy yo?
— No, no… yo también lo he notado.
— ¡¡¡Decía!!! — grita el francés —, que pese a todo. Ni siquiera tú te lanzarías solo contra 400 draugrs. ¿Quién te ayudado a acabar con ellos?
— Mmm, creo que ese dato no es importante. El caso, es que hemos acabado con ellos. Problema resuelto.
— ¡Para nada! ¡Todo importa! Y más… cuando tú estás detrás. Las coaliciones, y las alianzas funcionan, cuando se respetan las normas y los pactos. — me espeta.
— En eso tiene razón, Artai — asevera Igvar.
— ¿En serio te vas a poner de su lado?
— No, amigo — replica —. Sabes que nosotros, somos más, tolerantes con ciertas cosas. Pero tiene razón: Ninguno queremos tener problemas con…, ya sabes quién.
— Claro que tengo razón.
— Te lo recordaré la próxima vez que nos veamos, amigo. — le replico al enano.
— Sabes que nuestras puertas siempre están abiertas para ti y tu compañía.
— Sería fantástico ahora mismo. ¡Oh, sí! Se me hace la boca agua, pensando en vuestra carne asada lentamente y en esa cerveza tostada. Fumando una pipa al calor del fuego, mirando esas maravillosas montañas nevadas.
— Mi casa es tu casa — me responde.
— Quizás te tome la palabra, y pase el verano más al norte. Odio el calor ¿sabes?
— ¿Y quién no, hermano? — me contesta Igvar.
La conversación deriva con un par de anécdotas, en tierras del rey enano. Risas, música y trolls. Mientras que el colega francés poco a poco va cambiando su gesto hasta que parece empezar a salirle un poco de humo por las orejas. Entonces, con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido, ruge como una bestia.
— ¡¿Pero de qué demonios estáis hablando, insensatos?!
— Eh… Perdone, Francois.
— Sí, disculpa… ¿de que estábamos hablando? — le respondo, sabiendo que mis palabras, van a enfadarle todavía más. Sí, lo admito, me gusta sacar de quicio a estos burócratas.
— ¡¿Que de qué estamos hablando?! — vuelve a rugir. Después, respira profundamente un par de veces, y vuelve a hablar, cambiando su tono de voz. Yo le guiño un ojo a Igvar.
— ¿Qué vais a hacer con los cuerpos? — pregunta Francois.
— Un entierro vikingo — le contesto.
— Qué salvajada — dice.
— Es lo mejor. No te olvides de lo que son.
— Sí… quizás tengas razón. Esas bestias, no merecen otra cosa.
— Ya he dado orden para enviar doctores, y algunos soldados. Estarán en la zona en un par de horas — afirma el líder del gremio.
— Perfecto, nosotros empezaremos con la «limpieza».
Inmediatamente, apilamos en una barca los cuerpos de los draugr. Le plantamos fuego, y dejamos que la marea y las aguas den cuenta de ellos. La barca se aleja lentamente rumbo al norte, mientras, los representantes de las dos facciones lo contemplan de forma solemne, al otro lado de sus monitores. Pero por desgracia, Francois ha visto más de lo que debería.
— ¿Artaiii? — suelta el burócrata en el tono más cariñosamente terrorífico que he escuchado jamás.
— ¿Sííí?, señor — contesto, temeroso de Dios.
— ¿Acaso he visto lo que creo que he visto? — sigue diciendo en ese mismo inquietante tono.
— No creo…
— Creía que la Sociedad también te había dejado muy claras las cosas, respecto a tus… «compañías». ¿Es que tu insolencia no tiene límites?
— François, no creo que … — indica Igvar.
— Señor herrero; con todos los respetos, este tema no es de su incumbencia. Este hombre, representa a una intachable organización. Sus decisiones nos afectan ¡a todos! La Sociedad, nunca se ha asociado, y nunca se asociará con… piratas.
— Piratas, es una palabra un poco, exagerada, ¿no cree? Además de desfasada en estos tiempos.
— ¿Sabes, Artai? No siempre va a estar Angus para protegerte — me espeta, en tono amenazante.
Igvar y Caleb cambian su gesto al instante. Saben que este aristócrata clasista, de pocas acciones y demasiadas palabras, ha cruzado una línea peligrosa. No puedo evitar que mis ojos cambien de color y que la furia me invada por un instante.
— ¿Sabes Francois? — respondo acercándome a la cámara —. Ese día, será a ti, al que nadie pueda proteger.
— Amigo — dice Caleb apoyándome una mano en el hombro —, déjalo. Algunos «cretinos» seguirán prefiriendo rellenar formularios debidamente, antes de salvar una vida.
— No intente justificar sus acciones, capitán. Yo mismo lo encadenaré y le juzgaré, debidamente, algún día. Hoy mismo, si no se mueve de donde está.
— Mmmm, lo dudo mucho, señor. No es la primera vez que nos hace esa amenaza
— ¡Señores! — ruge por primera vez el maestro herrero — ¡Basta! Todos estamos del mismo lado. Todos buscamos, luchamos y sangramos por lo mismo.
— Tienes razón, como siempre Igvar — asevera Caleb.
— Capitán Amin, bienvenido de nuevo de entre los muertos. A usted y a sus hombres, por supuesto. Han sido de gran ayuda.
— Gracias, señor. Siempre estamos dispuestos a poner los pies en tierra si es necesario.
— ¿Acaso, el líder del gremio del norte, va aceptar los favores de un… traidor, y su tripulación de miserables, malditos y forajidos?
— Bueno…, la verdad es que excepto lo de «traidor», con el resto de calificativos ha dado en el blanco. ¡¿Verdad muchachos?!
Todos gritan y rugen, incluso vitorean a nuestro amigo francés, entre tragos de ron, y disparos al aire.
— ¡Oi!, ¡capitán! Es usted muy mala influencia.
— ¡Oi! Señor Artai es usted una vergüenza para la Sociedad de Conservación…
— Francois, ¿no crees que, con estos dos ¡juntos!, no tienes mucho que hacer? ¿No es mejor que acabemos con esto? — recomienda Igvar.
— Estoy de acuerdo — añade Caleb.
— Sin duda — confirmo.
— Además, este tipo de tensiones son fatales para la salud.
— Ciertamente. El estrés en el trabajo es algo terrible — aseguro.
— Sí ¿te acuerdas de Gómez?
— Oh sí. Tenía unos fuertísimos dolores de espalda — comento, señalando la zona.
— Y de cabeza….
— Sí, sí. Siempre estaba preocupado por algo, el pobre.
— Terrible — replica mi colega —. Que si los vivos mueren, que si los muertos viven…
— Me acuerdo, me acuerdo… que si un hombre lobo se ha comido a mis gallinas…
— Que si una bruja me robado la cartera…
— El Armagedón…
— Nosotros practicamos yoga en el barco a veces, ¿sabes? — me comenta.
— Qué maravilla. A mí me va más el taichi.
— Y estamos siguiendo un programa depurativo, a base de té y cereales.
— Es muy importante cuidarse.
— Sí.
Igvar, aguanta de forma casi estoica y sin reírse, del otro lado de la cámara, mientras que mi «jefe», parece a punto de estallar de nuevo, con un gesto de psicópata que jamás le había visto.
— ¡Malditos hijos de pe*#@#@! ¡Juro que os mataré con mis propias manos! No sé cómo… pero os mataré a los dos con mis manos. Haced lo que os salga de los co#”@Ǫ#. Informaré a tus superiores directos, y que ellos, pierdan su p%@# tiempo contigo. Adieu, à jamais, si c’est possible — exclama, antes de cortar la comunicación.
Nos reímos un buen rato, antes de volver a decir nada. Igvar es el primero.
— Se han pasado un poco de la raya, caballeros — comenta sonriente.
— ¡Na! No lo creo. En cuanto rellene unos cuantos papeles y dé unas cuantas ordenes, se sentirá otra vez como Luis XV.
— Amigos, creo que mis hombres están a punto de llegar. Seguid vuestro camino sea cual sea. Gracias — dice Igvar.
— Encantado, como siempre — le contesto.
Tras una cálida y despedida entre hermanos de sangre, cortamos la comunicación. Esperamos hasta que llega el destacamento del gremio para dejar todo en su sitio. Así se hace siempre. Se que parece un tópico, pero en la medida de lo posible, es mejor que la gente no sepa más de lo necesario. Por ejemplo, que no recuerden, que han sido víctimas de un oscuro hechizo por parte de un clan de muertos vivientes con el fin de transformarlos en repulsivas abominaciones, pasar a formar parte de sus filas, y continuar extendiendo su veneno por todo el mundo.
El capitán médico, me informa de que van a filtrar a la prensa que, los desvanecimientos masivos, han sido provocados por una bacteria propagada por el agua, capaz de producir, horribles pesadillas, estados ansiosos, y todo tipo de alucinaciones. Pero que por supuesto, esta todo controlado. Las luces y el sonido de los cañones en mitad de la noche, son un problema mucho más sencillo. «Extraño fenómeno atmosférico al norte de noruega», será el titular. Yo por mi parte, me despido de mis amigos. La mar los llama incesantemente. Es en ella, donde se sienten realmente seguros. El mar los protege, y ellos protegen al mar.
— Bueno, amigo…
— ¿Nos vamos a poner románticos? — pregunta Caleb sonriente.
— No, esta vez no — contesto, chocando su mano y dándole un abrazo —. Hoy, te dejaré marchar…, pero siempre nos quedará Noruega.
— ¡Payaso!
— ¡Pirata!
— ¡Vamos, marineros, volvemos al barco! El mar nos necesita.
— La próxima vez no tardes tanto en dejarte ver, o quizás…
— …, no estemos vivos para entonces.
— Exacto, hermano.
Caleb vuelve a su navío, y parte con sus hombres rumbo al sur. Antes de que desaparezcan entre la niebla, los escuchamos cantar entre los rugidos del capitán.
«In a rose tatoo, in a rose tatoo. I got your name, written here, in a rose tatoo ….».
— ¡Arriad las velas!!Amarrad los botes!!Timonel! rumbo al sur.
« In a rose tatto, in a rose tatoo…With pride, I´ll wear it to the grave for u».
No puedo evitar sonreír mientras los veo partir.
— ¡Hasta la próxima, capitán! — exclamo, saludando al estilo militar.
Y así, es un día… relativamente normal para alguien como yo. Aún os queda mucho por conocer, pero creo que este ha sido un buen comienzo. Este, es un mundo muy grande, sumido en una eterna guerra, ahora secreta, entre el bien y el mal. Un mal, que jamás cesará. Incluso cuando ya no estemos, incluso cuando esta pequeña bola azul se apague, la guerra continuará en otros mundos, o quizás en otras realidades.
Muchas veces, me pregunto por qué continúo haciendo esto, porque me adentro en la oscuridad en cuanto se me presenta la oportunidad, pero nunca encuentro una respuesta. Simplemente hay algo, que me dice que tengo que hacerlo.

Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí que hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de luto, y la luna se volvió toda roja, como sangre;
Apocalipsis 6:12

Gracias por tu tiempo.
Espero que te haya gustado.

Anómalos La luna de sangre
Edición: 2019
ISBN: 978-84-09-12293-6
ISBN Kindle:978-84-09-12688-0

Depósito legal: VG-448-2019
© Copyright de texto, ilustraciones y conceptos.
David Iglesias Ferreira
© Copyright de esta edición
Universo Anómalo, 2019
www.Universoanomalo.com

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Espero que os haya gustado.¿Queréis saber como continúa esta aventura?

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