#6. La Mudanza. Relatos originales de ficción y terror.
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#6. La Mudanza. Relatos originales de ficción y terror.

Ago 15 David Iglesias  

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La Mudanza

Todos hemos pasado por alguna mudanza. Ese momento, en el que embalas todo lo que hay de material en tu vida, en cajas de cartón, y dejas atrás todos tus recuerdos. En algunas ocasiones es algo muy triste, y en otras, todo lo contrario. Hay muchos factores que hacen variar esta ecuación. Pero desde luego, es una de esas situaciones, que a todos nos hacer sentir algo. Por mucho que te organices, siempre hay algo que se pierde, siempre hay algo que se queda atrás, que se rompe o se tira por error, y en algunas ocasiones, como esta, hay algo … que se viene contigo.
Llevábamos casi veinte años casados, y poco menos, en aquella casa. Habíamos empezado allí nuestra vida y visto crecer a nuestra primera hija. Ahora, estábamos a punto de tener al segundo, y con dos perros, la casa se quedaba muy pequeña para todos. Nunca habíamos tenido ningún problema, aunque su dueño anterior, al que llegamos a conocer incluso, era uno de esos viejos odiosos, avaros y solitarios, que los niños temen y los vecinos odian. Aunque se rumoreaban algunas cosas peores sobre él, creímos que solo eran habladurías y cotilleos. Como os he dicho, jamás habíamos tenido ningún problema en aquella casa.
Todo empezó, justo después de la mudanza. Convencí a un par de compañeros para que ve ayudasen a vaciar el sótano. Después de tantos años, ni si quiera yo, era consciente de lo que teníamos allí almacenado. Ya sabéis como es esto; Acabas guardándolo todo para un, por si acaso que nunca llega. Desde ese traje que te pusiste en tu boda, y que, por razones obvias, ya no te sirve, hasta muebles o útiles que ya no usas y que simplemente, almacenan el polvo de veinte años. En este caso incluso, sobre aquel suelo de tierra, había cosas de nuestro anterior inquilino, y que por supuesto, fueron empaquetadas con el resto de nuestras pertenencias. Por suerte, a Paula, le habían concedido un ascenso, con lo que se habían podido permitir, una casa, mucho mejor. Una enorme casa de piedra, de tres pisos. De aspecto moderno. Ventanas y contraventanas de madera, y tejados de pizarra. En la parte delantera, tenia un garaje para dos o tres coches, y en la trasera, un lujoso espacio cubierto con una barbacoa, al lado de una espléndida piscina rectangular de unos veinticinco metros cuadrados.
A los tres días, todo estaba desembalado y en una semana, la casa amueblada. Solo quedaban, aquel montón de cajas, que pasaron de un sótano a otro, para seguir recogiendo polvo. Éramos felices, pero desgraciadamente, la tranquilidad no duró mucho. Una noche de la segunda semana, dormíamos cómodamente en nuestra nueva cama. Yo, tenía el sueño ligero, y no pude evitar despertarme cuando escuché los pasos de alguien, que caminaba, por el pasillo del piso superior. Giré rápidamente la cabeza, buscando a mi mujer. Ella seguía allí, durmiendo. No podía ser la niña; aquellos pasos, eran evidentemente de alguien adulto. Un escalofrió, recorrió mi cuerpo en un instante. Me quedé congelado un segundo, mientras continuaba escuchando aquellos ruidos. Eran pasos, sin duda. Pero no coordinados. Parecía como si el supuesto intruso, arrastrase una pierna. Por supuesto, pensando en Ana, me levanté de un salto, y cogí lo primero que tenía a mano: Una estatuilla de metacrilato en forma de obelisco de unos treinta centímetros, suficientemente contundente para poder defenderme. Subí lentamente las escaleras. Los ruidos no cesaban. Era, como si alguien estuviese simplemente, dando vueltas por el pasillo de arriba. Deslicé la mano por la pared hasta el interruptor de la luz. Lo presioné y di un salto hacia adelante con mi arma en la mano. Pero nada, allí, no había nadie. Todo se quedó en silencio repentinamente. Aun así, comprobé todas las habitaciones. Después, volví al pasillo, me detuve, y me di la vuelta de nuevo. No sabía que pensar. Estaba seguro, de lo que había escuchado. Habrá sido mi imaginación, me dije. Pero en el momento, que apagué la luz, volví a escuchar aquellos pasos a mi espalda. Sentí una ráfaga de aire frio en la nuca, y una voz masculina, ronca y oscura que decía en tono amenazante: “Esta no es mi casa”.
Di un grito, al tiempo que me giraba bruscamente alzando la estatuilla, pero una vez más … nada. Bajé las escaleras corriendo y fui a la habitación de mi hija. También dormía. Registré el resto de la casa, antes de volver a la cama, aunque por supuesto, no pudo dormir.
A la mañana siguiente, preferí no contar nada a las chicas, de lo que había ocurrido. Ellas, me notaron alterado, pero les dije, que aún estaba cansado por la mudanza. No obstante, no pasó mucho tiempo sin que ellas sintiesen el mismo miedo que yo. Después de cenar, todos estábamos en el salón, viendo la tele. Esta vez, los tres lo escuchamos. Ana gritó: “¡Mama!, hay alguien arriba”. Miramos hacia el techo. Pudimos no solo oírlo perfectamente, si no sentirlo casi haciendo temblar la casa, rumbo a las escaleras. Como bajaban los peldaños uno a uno. Como crujía la madera con cada paso. La televisión y las luces se apagaron de repente. Los tres nos levantamos igual de asustados. Ana gritaba: “¡Mama, mama!” Solo se me ocurrió, usar el móvil como linterna y acercar a las chicas a la ventana opuesta a la puerta de la habitación, con intención sacarlas de la casa. Dirigí la luz hacia el pasillo, pero estaba completamente oscuro. Mas de lo habitual. Una oscuridad, que no parecía natural y que ni siquiera la luz del teléfono podía atravesar. Agarré el atizador y me coloqué delante de las ellas igualmente aterrorizado. Mi mujer llamaba a la policía al tiempo aquellos pasos se acercaban, pero cuando ya estaban solo unos metros, en la misma entrada del salón. Entre los gritos de Lucia y la desesperada llamada de socorro de Paula, todo se iluminó de nuevo. El ruido, cesó una vez más.
Una patrulla llegó rápidamente. Registraron la casa de arriba abajo y los alrededores, para confirmar lo que yo ya sabía. Por supuesto, mi mujer, en un primer momento, pensó en lo más razonable; que alguien se había colado de alguna forma en nuestra casa. Pero cuando le conté mi experiencia de la noche anterior, no tuvo ninguna duda de que se trataba de algo sobrenatural. Es una mujer muy creyente, y pensó que podría haber algo en la casa. Sin embargo, no tenía sentido. Era de construcción reciente, y el solar donde estaba situada no tenia una historia digna de mención.
Esa misma noche, antes de meternos en la cama, Paula fue a ducharse. Mientras yo me cambiaba, la escuché gritar. Salí de la habitación como un rayo. Ella, corría por el pasillo llamándome y se abalanzó sobre mi en cuanto me vio.
—¡Hay alguien en el baño! ¡Hay alguien en el baño! —gritaba casi histérica.
Por supuesto, cuando entré, no vi nada. Ni rastro. Pero ella insistía totalmente aterrorizada. Me contó que estaba quitándose el jabón del pelo, con los ojos cerrados, cuando sintió como unas manos le tocaban los pechos y acariciaban el resto de su cuerpo. Ella pensó que era yo y simplemente, dijo sonriendo.
—Apártate bobo. Déjame al menos salir de la ducha.
De pronto, aquellas manos le apretaban el cuello con demasiada fuerza, y una oscura voz, rugió.
—¡NO! Eres mía.
Me dijo que, al abrir los ojos, delante de ella, … había un viejo de rostro cadavérico, repleto de profundas arrugas, poco pelo, el ceño fruncido y los labios apretados. Casi se rompe la crisma al salir corriendo de la ducha. De hecho, tenía un hematoma en la cadera, por golpearse con el lavabo. Ni siquiera se vistió. Salió de allí, lo más rápido que pudo sin mirar atrás. Aunque no dudaba de sus palabras, comprobé que lo que había contado, era totalmente real, cuando a la mañana siguiente, se despertó con unas evidentes marcas en el cuello. Las marcas de dos manos.
Como os he dicho, es creyente, y no esperó para llamar a un párroco, buen amigo de ella, además de un experto en este tipo de temas, para que nos ayudase. Esto fue el martes. Desgraciadamente, se encontraba de viaje. Nos dijo que investigaría el caso, pero que no podría venir hasta el viernes, así que, intentado que la niña, no se enterase de nada, la llevamos a casa de sus abuelos. Intentamos protegernos de aquel mal. Colocamos varios crucifijos en las habitaciones, puñados de sal en las puertas, y quemamos algunas hojas de salvia, para purificar la casa. No sirvió de nada. Nos despertamos en mitad de la noche. El suelo de la habitación estaba cubierto por una espesa capa de humo. Pensamos que algo se estaba quemando, pero no podíamos movernos. Estábamos totalmente paralizados de cuello hacia abajo. Era como si algo nos presionase contra la cama, casi cortándonos la respiración. Aunque estábamos totalmente horrorizados, apenas podíamos gritar. Nos faltaba el aire. De pronto, de aquella niebla empezaron a surgir siluetas que fueron tomando la forma de docenas de manos, que se movían a nuestro alrededor tocándonos. Lentamente, apartaron las mantas de la cama. Después, mientras nos sujetaban como los tentáculos de un pulpo, comenzaron a quitarle la ropa a Paula. No podíamos resistirnos. Yo gritaba, e intentaba liberarme con todas mis fuerzas, pero no podía. Rabioso y entre lágrimas, rugía todo tipo de insultos y amenazas, a aquello, que nos acosaba.
—Déjala, maldito pervertido. Te mataré. Te mandaré de vuelta al infierno.
Entonces yo también lo vi. De entre aquella bruma, apareció el anciano enjuto, malhumorado y cojo, que intentaba atacar de nuevo a Paula. No era algo completamente físico. Era poco más que un ente traslucido, que se iba acercando al borde de la cama. Su cuerpo se estiró desde la cintura hasta que su cabeza estuvo delante de la de mi mujer. Yo seguía insultándolo, gritando y retorciéndome, intentado zafarme. De repente, aquel demonio, giró la cabeza y me gritó;
—ES MIAAA….
En ese momento, se abrió la puerta y como caído del cielo; Martin, el sacerdote amigo de Paula, entró como un paladín, con la biblia en una mano, y un crucifijo de hierro en la otra, exclamando:
—¡Yo te destierro de esta casa, criatura del infierno! ¡Vuelve al pozo del que has salido!
La sombra se alzó, rugió como un monstruo al párroco, que se mantuvo firme y desapareció con la niebla.
—Gracias padre.
—¡Vámonos! Rápido —dijo él.
Mientras ayudábamos a Paula y salíamos de allí, la casa entera comenzó a temblar. Los cuadros caían de las paredes y los muebles se movían. Los crucifijos ardían como si fuesen cerillas, y aquellas pequeñas montañas de sal se esparcían por el suelo, empujadas por un viento gélido que brotaba de ninguna parte. El padre, seguía recitando varios versículos de la biblia mientras aquella voz, retumbaba entre las paredes.
—Ahora, es mi casa…. —decía—. Ahora, ella es mía.
—¿Dónde guardáis las cosas de la mudanza? —preguntó el sacerdote.
—En el sótano —respondí—¿Por qué?
—Creo que os habéis traído algo que no debíais.
Todos hemos escuchado alguna historia sobre alguien que llega a una casa, y comienza a sufrir sucesos extraños. Pero en este caso, parece que nosotros habíamos traído el mal a aquel lugar. Al bajar las escaleras, nos encontramos la habitación, totalmente destrozada. Mientras buscábamos entre las montañas de cosas allí amontonadas, y las cajas de la mudanza, todo tipo de objetos volaban sobre nuestras cabezas de un lado al otro. Una estantería llegó a hacerme una brecha y una plancha me rompió varias costillas. A nuestro salvador, le atravesó la mano un destornillador. Varias docenas de discos, nos produjeron cortes de diversa consideración. Gritos, golpes y la risa de aquel siniestro espectro.
Entonces algo llamó mi atención; En unas de las cajas de cartón, había varios objetos que, sin ninguna duda, no eran nuestros: una caja de madera, algunos libros y un bastón con varios grabados de aspecto extraño. Ese era el origen del mal. Martin comenzó el exorcismo de inmediato mientras yo habría la pequeña caja de madera. Dentro, había docenas de fotos de niñas de no más de 15 años. Algunas, sacadas en aquel sótano, de nuestra antigua casa. ¡Maldito depravado! Martin recitó el sortilegio completo, indicando que rociase todo con agua bendita, mientras el espíritu, nos atacaba con más fuerza. Allí mismo volvió a materializarse, la traslucida silueta de aquel anciano. Me agarró por el cuello, me levantó a un metro del suelo, como si nada, y me lanzó contra una de las estanterías…dejándome casi inconsciente.
—¡Nicolas! —gritó mi mujer.
—… ¡Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales! —continuaba recitando el padre, con el rosario apoyado en la frente y la otra mano alzada.
—ESSSSS MIIAAAAAA……
Poco mas os puedo contar. Creo que perdí el conocimiento durante varios minutos. Salimos de la casa malheridos, casi arrastrándonos. Yo estuve en el hospital dos días. Nada grave. Algunos puntos, golpes y algunos huesos rotos, como el resto. Efectivamente, días después, Martin nos explicó que en cuanto Paula le dejó el mensaje, él investigó la historia de la casa. En los archivos encontró el nombre de, Lucas M. Herst, la araña. Un viejo que fue sospechoso del secuestro, violación y asesinato, de al menos dos docenas de niños, pero que no pudo ser finalmente acusado. Al parecer, simplemente un día desapareció. Nadie sabe que fue de él, aunque todo apunto a que, varios de los padres de aquellas niñas, se tomaron la justicia por su mano, y lo enterraron nadie sabe dónde. También se decía, que realizaba rituales de magia negra y hablaba con el demonio. Durante años, se escucharon todo tipo de historias acerca de La araña. Una familia al parecer, tuvo que abandonar la casa, después de que su niña … en fin. Repugnante. Tras esto, alguien bendijo la casa y todo cesó. Hasta que, según el sacerdote, hicimos la mudanza, y removimos la tierra, y los objetos que había ligados a ella, cosa que a veces, hace que estos fenómenos, broten de nuevo.
Y así, pudimos volver a la normalidad. La verdad es que nunca he sido creyente, pero esto, a puesto a prueba mi fe. Además, le debemos la vida al padre Martin. No se si empezare a ir a misa los domingos, pero desde luego, no haré otra mudanza.

©David Iglesias Ferreira.
Universo Anómalo ED. 2020
Vigo, Galicia.

FIN

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